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C. Hernández-Echevarría: «Siempre estamos hablando de bulo si es algo que es claramente falso, pero hay cosas que no son 100% falsas y pueden ser una desinformación igual o más peligrosa»

Hagan ustedes la prueba. Al buscar «bulo» en Google, la web mejor posicionada es Maldita.es, una plataforma dedicada a desmentir estas «falsedades elaboradas deliberadamente para ser percibidas como verdades, con un fin específico». Maldita se ha convertido en el último lustro en un referente en la lucha contra la desinformación, destacando por su firme compromiso con la verdad. En las puertas de sus oficinas en las orillas del río Manzanares charlamos con Carlos Hernández-Echevarría, Head of Public Policy & Institutional Development de esta fundación, que está creciendo a un ritmo frenético.

¿Cómo acaba un periodista en el fact-checking?

– En Maldita, el equipo de fact checking está compuesto por una diversidad de profesionales que incluye periodistas, sí, pero también educadores, ingenieros, biólogos o matemáticos. Y muchos acabamos aquí por una sencilla razón: buscando ese lujo que es el tiempo, el que necesitamos para tener paciencia que requiere contar la verdad. Muchos de nosotros veníamos de medios generalistas, y creíamos que hacía falta un tipo de periodistas y de verificadores que estuviera siendo mucho más paciente de lo que puede serlo, por ejemplo, la tele.

Los verificadores nos hemos hecho un hueco porque honradamente la liamos menos. Vamos con más cuidado porque nuestro negocio es ir con cuidado. Ni más ni menos.

¿Cómo explicarías en una conversación de ascensor, y a alguien que no conoce vuestra labor, qué es Maldita?

– Maldita es una fundación de lucha contra la desinformación. La parte central de la fundación es editorial y funciona como una especie de medio de comunicación, verificando hechos. Pero además de eso, vamos a los colegios, a los centros de mayores, a los mercados, creamos herramientas tecnológicas, usamos IA, programamos, hacemos muchas cosas con un elemento en el centro: certificar que algo es verdad y divulgar sobre los peligros de la desinformación.

¿Cómo nace el proyecto?

– Sus fundadores y codirectores son Clara Jiménez Cruz y Julio Montes, que montaron esto desde el salón de su casa. Hoy somos una fundación con 57 personas contratadas, y subiendo. Y de secciones clásicas como Maldita Hemeroteca que pusieron alerta a la comunidad política, el proyecto fue avanzando con otros como Maldito Bulo o Maldita Ciencia. Antes de la pandemia entendimos (bendito el momento) que podía haber trabajo ahí y parece que dimos en el clavo.

Hablas de la pandemia como un antes y un después para Maldita y la tecnología jugó un papel clave. ¿Por qué?

– Durante la pandemia, enfrentamos un desafío enorme con el aumento en la cantidad de mensajes que recibíamos. Antes de la pandemia, recibíamos unos 50 mensajes al día y un redactor se encargaba de revisarlos físicamente cada mañana. Sin embargo, con la pandemia, el volumen se disparó a 3000 mensajes diarios, lo que hizo insostenible la gestión manual.

Como solución, implementamos un chatbot, un robot que automáticamente interpreta las preguntas de los usuarios, busca respuestas en nuestra base de datos y proporciona enlaces relevantes, porque muchas veces esos bulos o mentiras son cíclicos y ya los hemos respondido. Si no encuentra información suficiente, el chatbot escala la consulta a nuestros compañeros humanos para su investigación. Una vez verificada la información, el chatbot retoma contacto con el usuario, recordándole su consulta previa y proporcionando la información actualizada. Esta automatización nos ha permitido manejar eficientemente el aumento de consultas y mejorar nuestro impacto, especialmente en el contexto de que las plataformas digitales tomen la desinformación más en serio y actúen en consecuencia.

Vayamos al principio, ¿Qué es “verificar”?

– Yo siempre pongo el mismo ejemplo. Si tú dices “a mí no me gustan los pelirrojos”, yo puedo decir “pues es usted un gilipollas porque mi hija es pelirroja, es una tía estupenda”. Y esto puede ser una faltada, pero es algo que nosotros no podemos verificar.

Ahora, si tú me dices “no me gustan los pelirrojos porque contaminan más los ríos”, ahí es cuando yo te voy a preguntar: “Oye, ¿dónde estás estudiando eso? ¿Qué evidencia hay que sustente esa afirmación?”. Ahí es donde el fact-checking hace su trabajo.

¿Cuál es el proceso de verificación que sigue Maldita?

– Como en todos los medios, asignamos a un redactor que hace la investigación, llama a las fuentes, desmenuza la información que hayamos estimado analizar, priorizando aquellas informaciones que puedan destacar por su viralidad y peligrosidad.

Una vez que esa investigación está completa, llega a un grupo de editores que somos normalmente entre diez y doce personas. Y para que cualquier contenido se publique como que es de fact checking, tiene que tener el apoyo total de cuatro editores. Y bueno, sabemos que cuatro editores no se han puesto de acuerdo nunca, pero es como garantizamos que algo sea verdad. La verdad está en el centro de Maldita y no nos la podemos jugar. Sabemos que es un proceso muy garantista que a veces puede frustrar a nuestros periodistas, pero es innegociable.

– ¿Qué ventaja tiene Maldita para hacer su trabajo de transmitir la verdad mejor que un medio “de toda la vida”?

– El tiempo. Yo por ejemplo vengo de la televisión, donde trabajé durante 15 años. Allí estás presente todos los días. Las noticias comienzan a las 14:00 de la tarde, y si ocurre un evento, como una explosión, debes informar al respecto conforme obtienes información. No tienes el lujo, como a menudo lo tienen los verificadores, de decir «vamos a tomarnos un momento para investigar, hablar con las fuentes». Desde ese punto de vista, creo que los verificadores hemos encontrado un espacio porque, honestamente, la ‘liamos’ menos, procedemos con más cautela y nuestro enfoque se basa en ser cuidadosos.

Una pregunta existencial. ¿Es lo mismo un bulo que desinformación?

– Esto es un melón. Personalmente, nunca nos gustó el término ‘fake news’, porque nos pareció algo contradictorio: si son noticias, no pueden ser falsas; deben ser algo diferente. Del mismo modo, si un medio constantemente publica mentiras, ¿deberíamos considerarlo realmente un medio de comunicación? Más bien sería una web o un portal, pero no un medio en el sentido tradicional que merece ser respetado.

Por otro lado, la terminología de «noticias falsas» insinúa que los intentos de engaño solo provienen de entidades que imitan a los medios de comunicación, lo cual no es cierto. Durante la pandemia de COVID-19, por ejemplo, muchas mentiras efectivas circulaban como notas de voz o memes. Recibíamos mucha desinformación en casa, a menudo proveniente de familiares, como esa nota de voz del “primo de mi cuñado que trabaja en un hospital”, muchas de las cuales resultaban ser falsedades.

Así siempre estamos hablando de bulo si es algo que es claramente falso, pero hay cosas que no son 100% falsas y pueden ser una desinformación igual o más peligrosa.

¿Qué recomiendas a las empresas que puedan verse envueltas en desinformación o bulos lanzados sobre ellos y estén teniendo una crisis reputacional?

– Creo que lo primordial es presentar toda la información disponible, ya que lo peor en temas de reputación es afirmar que se ha dado una explicación completa y luego ser contradicho porque realmente había más detalles por revelar. Es fundamental investigar exhaustivamente y presentar toda la información, porque eso es, en muchos casos, todo lo que necesita el público.

La estrategia más efectiva para manejar estas situaciones es evaluar cuándo y cómo responder. Una vez que tengas una explicación clara, debes asegurarte de que la gente que se encuentre con desinformación sobre tu empresa pueda acceder a la información correcta en el mismo espacio y tiempo. Esto es crucial para mantener una buena reputación.

¿Cómo está cambiando la legislación europea al respecto de estas prácticas?

– Desinformación ha habido siempre. Seguro que en el campamento de Julio César había alguien que hacía correr un rumor con intereses personales. Lo que ha ocurrido los últimos años es que el que quiere hacer desinformación, tiene unas herramientas mucho más capaces y masivas para hacerlo.

La normativa anterior, que era la Directiva de Comercio Electrónico del año 2000, se estableció en un contexto donde las plataformas digitales prácticamente no existían. En aquel entonces, Google apenas estaba empezando y no era tan popular; tampoco existían las redes sociales como las conocemos hoy. Lo que el regulador ha destacado ahora con la Ley de Servicios Digitales es un cambio significativo en la perspectiva legal. Anteriormente, la ley indicaba que, salvo en circunstancias excepcionales, los proveedores de servicios no tenían responsabilidad sobre el contenido alojado en sus plataformas.

¿Y qué ha cambiado ahora?

– La ley señala que, aunque los grandes servicios digitales, aquellos con más de 45 millones de usuarios mensuales en la Unión Europea, no son responsables por el contenido generado por sus usuarios per se, esta exención de responsabilidad se condiciona a la implementación de medidas razonables de mitigación de riesgos.

La analogía podría ser un hotel: si ocurre un asesinato dentro del hotel, la policía no responsabilizará automáticamente al propietario del hotel por el crimen. Sin embargo, si se produce un incendio en el que mueren personas y se descubre que el hotel carecía de escaleras de emergencia o extintores, entonces sí se le considerará responsable por no haber tomado las medidas adecuadas para mitigar ese tipo de riesgos.

Y en el caso de los servicios digitales, uno de esos riesgos es ser utilizado para la difusión masiva de desinformación. A esas grandes plataformas (META, Google, X…) la Comisión Europea les puede regular directamente. Pueden decirles, “¿usted qué sistema tiene en marcha para que haya una calumnia que tenga la menor publicidad posible?”. Y si no tienen sistemas, hay sanciones.

En varios sectores donde Peldaño está presente está a la orden del día otro tema relacionado: el de las reviews falsas. ¿Qué se puede hacer en estos casos?

– Depende. Hay herramientas para demostrar lo que en inglés se llaman las redes coordinadas inauténticas, es decir, identificar una red de gente que se está haciendo rica vendiendo reviews cuando realmente es una única persona con 50 cuentas. Ahora bien, si hay, digamos una cosa más orgánica en la que alguien está ofreciendo dinero, muy poco dinero, a muchas personas por poner reviews…, es difícil de perseguir. Tienes que poder identificar a la persona para poder ir a un proceso. Y es verdad que no es fácil.

– ¿Qué asignatura pendiente nos queda a los medios en la lucha contra la desinformación?

– Yo hablo mucho con gente de todo tipo de países, los nórdicos, por ejemplo. Hay un montón de sitios donde hay estructuras de autorregulación de medios que son creíbles en el sentido de tener un código ético. Cuando tú faltes a ese código ético hay consecuencias y te obligan a publicar una retractación.

Yo creo que ahí en España en particular tenemos una tradición en la que los periodistas somos renuentes a cualquier tipo de regulación y control. Pero creo que entre nosotros y por nosotros deberíamos hacer una reflexión. No podemos consentir que gente que miente tenga la misma consideración profesional que nosotros.

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