¿Estamos preparados para afrontar la evolución de las amenazas en la hotelería?

Por Vicente López de Miguel. Presidente de la Asociación Española de Seguridad en Establecimientos Turísticos.

Los delitos e incidentes que pueden producirse en el entorno hotelero existen desde que a alguien se le ocurrió alquilar habitaciones a viajeros que se desplazaban fuera de su domicilio. La gente que se alojaba en estos lugares habitualmente acudía con bolsos y maletas que, en no pocas ocasiones, solían contener dinero y objetos de valor de los que su dueño no quería o no debía separarse cuando tenía que trasladarse fuera de su casa.

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Nuestro vigente Código Civil, que data del año 1889, recoge desde aquella fecha, en sus artículos 1783 y 1784, las condiciones relativas a la responsabilidad del fondista o mesonero y sus empleados sobre los objetos que los viajeros hubiesen introducido en su casa, lo que demuestra un interés del legislador de la época por regular una cuestión que, ya en tiempos de la reina regente María Cristina de Habsburgo-Lorena, suscitaba cierta preocupación.

El hecho de que la gente alojada pudiese viajar con objetos valiosos o una cierta cantidad de efectivo debió de ser un buen reclamo para los amigos de lo ajeno, así como también el saber que en la posada se guardaba, al menos durante un tiempo, el dinero que los clientes pagaban por su alojamiento. Con el tiempo, a los hurtos y robos se les sumaron las estafas, las riñas, los escándalos y los accidentes de viajeros, que podían ir desde caídas o atragantamientos durante las comidas hasta verse atrapados en un incendio de imprevisibles y presumiblemente graves consecuencias.

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Como todo, o casi todo en la vida, estos negocios fueron evolucionando ampliando el número de habitaciones y dando cada vez un mejor y más completo servicio a los viajeros. Dejaron de llamarse fondas o mesones para denominarse hoteles u hostales, y ofrecieron a sus clientes todo tipo de comodidades y servicios para que estos pudiesen sentirse como en su propia casa. Pero junto a este perfeccionamiento y desarrollo de la confortabilidad, de los equipamientos y de los servicios ofrecidos a los huéspedes también han ido evolucionando y aumentando los incidentes más comunes que pueden darse en el entorno de un establecimiento hotelero. Así, con el tiempo y ante nuevos escenarios, aparecieron nuevas amenazas, de las que yo destacaría dos que actualmente preocupan mucho en el sector por las graves consecuencias que acarrean: el terrorismo y la ciberdelincuencia.

Aunque el terrorismo en España podríamos decir que apareció a finales del siglo XIX, con algunas acciones realizadas por grupos anarquistas de la época que provocaron un importante número de muertos y heridos, no es hasta la década de 1960 y 1970, con la aparición de bandas terroristas, como ETA y GRAPO, cuando se tiene conciencia de este gran problema y la enorme amenaza que supone para el Estado.

Desgraciadamente el terrorismo se cebó con España colocando en su punto de mira no solo a los miembros de las Fuerzas y Cuerpo de Seguridad del Estado y Fuerzas Armadas, primeros objetivos de estas bandas, sino también a periodistas, políticos y, en general, a toda la población ya que cualquier persona podía ser víctima potencial de los atentados que organizaban estos individuos, pues sus métodos asesinos incluían artefactos explosivos en lugares de ocio y pública concurrencia donde los «daños colaterales» sobre niños, ancianos y resto de la población civil, no eran obstáculo para llevar a cabo sus sangrientas acciones. En este punto es donde diversas empresas, incluidos los hoteles, pasaron a formar parte de los objetivos de estos grupos terroristas.

Aunque aún hoy en día existe algunas dudas sobre ello, entre otras cosas porque la reivindicación de su autoría no fue tomada en serio o fue silenciada, el que muchos consideran como el primer atentado terrorista de esta época a un hotel en España, fue el que ocasionó el gran incendio del hotel Corona de Aragón, en Zaragoza, que tuvo lugar el 12 de julio del año 1979 y se cobró la vida de 83 personas. Los hoteleros fueron conscientes de la importante amenaza que se cernía sobre ellos e incluyeron los ataques terroristas dentro de los peligros a los que podía verse sometido un establecimiento hotelero.

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