El control, la clave del nuevo RIPCI

Por Jon Michelena, director general de Cepreven

Hace unos cuantos años, que podrían ser del orden de quince si desean más precisión, me enfrenté a una de las situaciones más curiosas de mi carrera profesional y, quien dice curiosa, podría decir kafkiana, esperpéntica e incluso a veces divertida, si no fuese por el triste final de lo acontecido.

claves del nuevo RIPCI

Todo empezó cuando un operador logístico internacional decidió alquilar una nave recién construida en los aledaños de un gran aeropuerto de nuestro país. Tras la entrega del edificio, los responsables de seguridad de la multinacional vieron algo atípico en la instalación de rociadores erigida en su almacén y, por mor de su profesionalidad y con el fin de determinar la corrección y eficiencia de lo allí instalado, solicitaron a Cepreven una auditoría de los sistemas de protección contra incendios de nave.

Se realizó con diligencia el informe solicitado: se analizó el nivel de riesgo, los cálculos hidráulicos, el trazado de tuberías, la calidad de los materiales… Prácticamente todo era correcto, salvo un pequeño detalle: los rociadores estaban a más de 3 metros del techo, contradiciendo la lógica y todos los principios de diseño establecidos tanto en la RT1-ROC de Cepreven, impuesta por el promotor, como en todas las normas y estándares a los que un diseñador puede acogerse. Como se ha demostrado en ensayos realizados por los principales laboratorios internacionales, la excesiva distancia al techo de los rociadores hace que la instalación sea ineficaz para acometer la extinción o control de un posible incendio.

Ante los devastadores resultados del estudio, se convocó a todas las partes implicadas en ese momento: la propiedad, representada por su director gerente y el ingeniero que realizó las tareas de dirección de obra, el inquilino, personificado en el director de instalaciones y el proyectista, un ingeniero aeronáutico que había realizado el proyecto, que asistió junto dos colegas que asistieron a este último. Por Cepreven asistimos 3 personas.

En esta primera e interminable reunión, el ingeniero proyectista manifestó su completo desacuerdo con el informe, cuestionando nuestra capacidad para interpretar las Reglas Técnicas de Cepreven. Tras largas horas de discusiones baldías, en la que se oyeron frases como «qué más dará la altura de los rociadores, si cuando se detecte humo se abrirán todos» pronunciada por el director de obra, o «siempre se ha hecho así» principal argumento del diseñador, se finalizó esta primera reunión con una sentencia de este último en relación con el requisito sobre distancia al techo recogido en nuestra regla técnica: «Ustedes sabían lo que querían decir, pero lo han redactado de forma incorrecta».

Abandonamos la sala con el compromiso de una segunda reunión, en la que se presentarían diferentes opciones para la subsanación del problema.
Esta segunda reunión nunca llegó a celebrarse. La autoridad competente visitó la nave y con la frase «qué bien, hay rociadores», bendijo las instalaciones y facilitó la obtención de la correspondiente licencia. Todas las naves de esa promoción mantienen la configuración inicial en sus instalaciones de rociadores.

Primer Reglamento de Instalaciones de Protección contra Incendios

Esta historia, que se desarrolló en tiempos de vigencia del primer RIPCI y del RSCIEI, me gustaría se leyese como una fábula, una fábula, tristemente real, que incluye muchos de los factores sobre los que se desarrolla el nuevo Reglamento de Instalaciones de Protección contra incendios.

clave del nuevo RIPCI

 

El primer factor, y quizá el más importante, es lo difícil que resulta redactar un documento legislativo o normativo. Partiendo de la hipótesis de que el redactor siempre tiene claro qué quiere trasmitir, los lectores no siempre obtienen la misma interpretación del texto. Unos, por falta de conocimientos o bases técnicas, podrán llegar a deducciones erróneas y otros, los especialistas en sacar conclusiones ventajosas de cualquier texto normativo, lo retorcerán a su antojo para simplificar y abaratar el requisito exigido.

En segundo lugar, el técnico competente. Tenemos un ingeniero industrial, competente por titulación según el RIPCI, e incompetente por falta de formación, y un ingeniero aeronáutico, igualmente competente por ley, que siempre ha hecho así (de mal) las instalaciones, porque en este sector, no siempre se aprende con la experiencia.
El tercer factor será decisivo. El control, muy deficitario en nuestra fábula, deberá ser lo suficientemente profundo para que sea significativo, y eso lleva horas de trabajo de técnicos especializados, horas que tendrán que ser renumeradas. Un control serio y eficaz es la única manera de conseguir desenmascarar y desterrar del sector a piratas y oportunistas. Si este control no alcanza el nivel adecuado o decae por cualquier motivo, volveremos a entrar en un mercado de compraventa de papeles. El objetivo será conseguir, al menor precio posible, un papel que bendiga toda la operación, documento en el que todos pondrán las esperanzas de escapatoria si algún día ocurre algo.

El nuevo Reglamento de Instalaciones de Protección contra Incendios

El nuevo RIPCI intenta dar soluciones a todos aspectos planteados, pero adolece del primer factor expuesto. Hay suficiente base para aquellos que quieran desarrollar su actividad en condiciones y para quienes deseen aprender a hacer las cosas bien, aunque quedan muchos puntos cuya interpretación es dudosa y pueden ser fuente de problemas. La guía técnica que se desarrollará deberá ir clarificando todas las lagunas existentes, pero no hay que olvidar que es un documento no vinculante y que, cuando ocurra algún siniestro y se ponga en duda el cumplimiento del RIPCI, serán los jueces los que tengan la última palabra.

De la época de esta historia fue una exitosa campaña publicitaria que desarrolló una conocida marca de neumáticos, en la que aparecía el portentoso atleta Carl Lewis en posición de salida de una carrera de velocidad, ataviado con unos zapatos rojos de descomunales tacones, bajo el lema «la potencia sin control no sirve para nada». Algo similar podríamos decir sobre el nuevo reglamento: «El RIPCI sin control no sirve para nada». Espero que entre todos los actores involucrados en el sector seamos capaces de establecer unos procedimientos de control reales y eficientes que permitan distinguir a aquellos técnicos y empresas que desarrollan su trabajo con conocimiento y profesionalidad de aquellas que, por los motivos que sean, no quieren o no son capaces de hacerlo.